Gran Cronopio:
Ignoro si alguna vez leerás esta carta o como desees llamar a este escrito —sé de tu negación para aceptar las cosas como “normalmente” son dadas—, ignoro si aún continúas aquí o ya decidiste salir a buscar lo que no pudiste encontrar entre nosotros, ignoro si hago bien al escribirte, ignoro si al buscarte de esta forma —hay tantas, esta, una más, la que más me gusta, la que mejor conozco— podré encontrarte algún día.
Cronopio, te descubrí hace apenas un año, cuando buscaba, indeciso, algún libro con el cual acompañar mi soledad y una buena amiga —de esas que no dudarías en calificar de cronopia— decidió prestarme tus libros “Bestiario” y “Todos los Fuegos el Fuego”; para entonces, ya sabía de tu existencia por la fama que tanto te precede —no, no te comparo con las famas, no te confundas; solo hago referencia de la buena reputación que nadie duda en otorgarte, la que tanto mereces— pero no había podido conocerte como era debido —desorientación, desidia, malos días (muchos), conjunto de malas razones-; y entonces todo empezó.
Un universo desconocido fue lo que me mostraste, un universo fue el inicio, un universo que posiblemente intuía pero al cual vi solo porque tú fuiste capaz de plasmarlo en el papel para que pudiera entenderlo, para que pudiera al fin llegar a él. Desde ese instante te convertiste en lo que mi inconsciente siempre buscó, una figura, un ideal, un maestro del cual aprender, al cual respetar, al cual querer genuinamente.
Cortázar, Cortázar, Julio Cortázar, querido Julio, respetado Cortázar, añorado Julio. En mi mente, en mi corazón, la revolución empezó por ti, desataste lo que tanto clamaba por salir, lo que tanto necesitaba para continuar con las letras. Invadiste mis pensamientos, mi vida y todo cuanto emprendía lo hacía con la secreta intención de emularte, de imitar de alguna forma tus pasos —los cuales, sentía (siento), necesarios en mi, deseados por mi—, de volverme un mejor prospecto de escritor, de lograr esta enorme pasión que es escribir y vivir para escribir. Gracias a ti, mi recordado Julio, esa revolución que tanto anhelaste para la sociedad en la viviste —tristemente convertida al final en un ideal, en una quimera, en tal vez solo buenas intenciones (siendo benévolos); pero en la cual tanto creíste y tanto quisiste hacer e hiciste— la pude realizar en mi interior —mejor dicho, la pude empezar—; tu sensibilidad, la complicidad que transmitías, todo cuando ibas representando a medida que te fui conociendo, se fueron convirtiendo en ideales dignos y muy posibles de alcanzar, deseados de alcanzar —a diferencia de esos otros ideales como la justicia imparcial, la piedad para el prójimo, que pueden ser tan impersonales, ajenos a cuanto vivimos, incluso egoístas para con nosotros— y que he ido poniendo en práctica.
Sí, mi primer Cronopio, resumiendo, eres lo más sublime que existe para mí, representas el inicio de tanto, el inicio anhelado y “sos la compañía que este pibe perdido necesitaba en su vida”.
Por supuesto, compañía, no te sorprendas Julio, compañía. En la universidad, en la calle, en los micros, en los taxis, en mi casa, en los parques, en los cafés, en las noches —con o sin estrellas, con o sin luna—, durante los días, en los atardeceres, en conversaciones, en monólogos. Presencia viva, eso eres. Y así digan por ahí que hace veinticinco años te fuiste, nunca lo podré creer; puesto que tú, transgresor, innovador, perduras en el tiempo, y eso que me atrevo a proclamar —la indeterminación del tiempo y el espacio, lo relativo que resultan esos conceptos— y que tú tan bien lo supiste, lo practicas ahora, que se te ha dado por esconderte de todos, divirtiéndote, maravillándote de los cambios dados (y seguro lamentando otros), conmoviéndote de la devoción que muchos te profesan —incluyéndome, por supuesto—, esperando el momento oportuno, ese el que menos esperamos para salir y maravillarnos con las nuevas cosas que nos traerás, oh tú generoso Cronopio.
Y ahora, tal vez por ahora, es todo. Gracias, justamente por eso, por todo, por todo lo que me has dado y enseñado, ilustre maestro, por el compromiso que ahora he de emular gracias a ti.
Hasta luego.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario