lunes, 28 de septiembre de 2009

Al Primer Cronopio

Gran Cronopio:

Ignoro si alguna vez leerás esta carta o como desees llamar a este escrito —sé de tu negación para aceptar las cosas como “normalmente” son dadas—, ignoro si aún continúas aquí o ya decidiste salir a buscar lo que no pudiste encontrar entre nosotros, ignoro si hago bien al escribirte, ignoro si al buscarte de esta forma —hay tantas, esta, una más, la que más me gusta, la que mejor conozco— podré encontrarte algún día.

Cronopio, te descubrí hace apenas un año, cuando buscaba, indeciso, algún libro con el cual acompañar mi soledad y una buena amiga —de esas que no dudarías en calificar de cronopia— decidió prestarme tus libros “Bestiario” y “Todos los Fuegos el Fuego”; para entonces, ya sabía de tu existencia por la fama que tanto te precede —no, no te comparo con las famas, no te confundas; solo hago referencia de la buena reputación que nadie duda en otorgarte, la que tanto mereces— pero no había podido conocerte como era debido —desorientación, desidia, malos días (muchos), conjunto de malas razones-; y entonces todo empezó.

Un universo desconocido fue lo que me mostraste, un universo fue el inicio, un universo que posiblemente intuía pero al cual vi solo porque tú fuiste capaz de plasmarlo en el papel para que pudiera entenderlo, para que pudiera al fin llegar a él. Desde ese instante te convertiste en lo que mi inconsciente siempre buscó, una figura, un ideal, un maestro del cual aprender, al cual respetar, al cual querer genuinamente.

Cortázar, Cortázar, Julio Cortázar, querido Julio, respetado Cortázar, añorado Julio. En mi mente, en mi corazón, la revolución empezó por ti, desataste lo que tanto clamaba por salir, lo que tanto necesitaba para continuar con las letras. Invadiste mis pensamientos, mi vida y todo cuanto emprendía lo hacía con la secreta intención de emularte, de imitar de alguna forma tus pasos —los cuales, sentía (siento), necesarios en mi, deseados por mi—, de volverme un mejor prospecto de escritor, de lograr esta enorme pasión que es escribir y vivir para escribir. Gracias a ti, mi recordado Julio, esa revolución que tanto anhelaste para la sociedad en la viviste —tristemente convertida al final en un ideal, en una quimera, en tal vez solo buenas intenciones (siendo benévolos); pero en la cual tanto creíste y tanto quisiste hacer e hiciste— la pude realizar en mi interior —mejor dicho, la pude empezar—; tu sensibilidad, la complicidad que transmitías, todo cuando ibas representando a medida que te fui conociendo, se fueron convirtiendo en ideales dignos y muy posibles de alcanzar, deseados de alcanzar —a diferencia de esos otros ideales como la justicia imparcial, la piedad para el prójimo, que pueden ser tan impersonales, ajenos a cuanto vivimos, incluso egoístas para con nosotros— y que he ido poniendo en práctica.
Sí, mi primer Cronopio, resumiendo, eres lo más sublime que existe para mí, representas el inicio de tanto, el inicio anhelado y “sos la compañía que este pibe perdido necesitaba en su vida”.

Por supuesto, compañía, no te sorprendas Julio, compañía. En la universidad, en la calle, en los micros, en los taxis, en mi casa, en los parques, en los cafés, en las noches —con o sin estrellas, con o sin luna—, durante los días, en los atardeceres, en conversaciones, en monólogos. Presencia viva, eso eres. Y así digan por ahí que hace veinticinco años te fuiste, nunca lo podré creer; puesto que tú, transgresor, innovador, perduras en el tiempo, y eso que me atrevo a proclamar —la indeterminación del tiempo y el espacio, lo relativo que resultan esos conceptos— y que tú tan bien lo supiste, lo practicas ahora, que se te ha dado por esconderte de todos, divirtiéndote, maravillándote de los cambios dados (y seguro lamentando otros), conmoviéndote de la devoción que muchos te profesan —incluyéndome, por supuesto—, esperando el momento oportuno, ese el que menos esperamos para salir y maravillarnos con las nuevas cosas que nos traerás, oh tú generoso Cronopio.

Y ahora, tal vez por ahora, es todo. Gracias, justamente por eso, por todo, por todo lo que me has dado y enseñado, ilustre maestro, por el compromiso que ahora he de emular gracias a ti.

Hasta luego.

jueves, 24 de septiembre de 2009

MAL CRÓ-NI-CO


Desde hace mucho tiempo —en esta ciudad en la que vivo y siento (porque todo se reduce a sentir y el proceso de la razón se origina a raíz de nuestros sentidos, de lo que captan, de lo que nos permitimos sentir), en la cual, malditamente, tiendo a sentirme solo (por muchas y ninguna razón), a ser incapaz de superar ese mal crónico que llamo soledad— he tenido en la cabeza la trillada idea de crearme un blog; tanto ha sido el tiempo, y mayor la indecisión y falta de determinación que me dominan, que ha pasado casi un año —y un año, aceptémoslo, es demasiado tiempo para una generación tan frenética como la nuestra— desde creada la cuenta en Blogger para que recién a mis 21 años, a semanas de cumplir los odiados 22, decida por fin dignarme a escribir y empezar esta necesaria etapa en mi vida.

Probablemente alguno se pregunte cual ha sido el motivo que haya determinado mi decisión final. Y lamento decepcionar —no creo que sea la primera decepción que les brinde—, pero no encuentro ninguna en particular. Así es, ninguna razón (ninguna ruptura amorosa, ningún fatídico desenlace en algún problema, ninguna muerte que lamentar, ningún acontecimiento aparentemente digno de resaltar). Tengo que serles sincero desde un inicio, de lo contrario esto no funcionaría; yo no los engaño y ustedes no se engañarán buscando algo más de lo que les pueda ofrecer realmente.

Pero, para que tampoco crean que simplemente me muevo en base a impulsos y que mis acciones no contienen un motor, puedo exponerles dos claros intereses que persigo al establecer este rincón en la web.

Es simple. Primero, no pretendo que esto que llaman blog forme parte de mi cotidianeidad; no, sería un absurdo, una capitulación ante la constante lucha por impedir que la odiada rutina se instale en mi vida, que lo que soy capaz de sentir deje de ser nuevo y sea caduco, que la capacidad de maravillarme por lo que hay a mi alrededor muera con mi aceptación de un mundo plano y gris; y por eso mismo, quiero usar este espacio como una pequeña ventana para que vean lo que observo, para poderles mostrar esas vacas de manchas negras que pasean tranquilamente en el campo, ajenas a cuanto ocurre en el exterior y que, sin embargo, son las que tienen la clave —oculta, misteriosa— de esta existencia que se muestra indescifrable (lean Divertimento —gran libro— de Julio Cortázar), la cual, ingenuamente —sí, muy ingenuo, casi estúpido— me puedan, tal vez, ayudar a descifrar o al menos a vislumbrar y deje de ser solo esa intuición tan difícil de perseguir (El Perseguidor, también de Julio Cortázar —cuento largo o nouvelle—, es una clara muestra de eso que algunos persiguen, de lo que se logra intuir). Y segundo, pero no menos importante: mi necesidad de compromiso —y también se conjuga aquí eso que al inicio dije como “necesaria etapa en mi vida”—; desde siempre —o casi siempre— he tenido la suerte de captar (intuir, también, muchas veces) lo que me gusta, lo que me mueve a realizar esfuerzos que normalmente no haría por cualquiera —cosa, persona, animal, lo que sea—, pero siempre mi desidia, mi inmensa desidia, ha jugado en mi contra, arruinando muchas veces lo que aprecio tanto, impidiéndome continuar. Y este blog, a mi parecer, me permitirá asumir un compromiso con el elevado arte —para mí al menos— de escribir, de sumar una responsabilidad (responsabilidad que no es responsabilidad, al menos no literalmente; sí, muy complicado para explicarse en solo unas líneas; ya hace rato que dejó de ser simple todo esto) para impulsar esta vital carrera con las letras. Y no solo al escribir, sino al expresar lo que siento —volviendo al proceso de sentir, al concepto de sentir— y vivir constantemente el goce-sufrimiento —la libertad que representa, que se debe respetar, que permite la autenticidad de la literatura— que la escritura representa para mí.

Sí, soy complicado y contradictorio, me exijo mucho y muchas veces no suelo cumplir con lo exigido. Imperfección, eso es, y no pretendo —ni en sueños— tratar de ser perfecto; dejemos los intentos de perfección para aquellos que no logran verse a un espejo, para quienes ignoran lo que a su sombra le ocurre.

Ya les había dicho, seamos sinceros, así no nos decepcionaremos.

Esto, por hoy, es todo. Ustedes continuarán con sus vidas, yo con mi mal crónico. Y este enano rincón en la web servirá de esquina para encontrarnos, para contemplarnos y por allí tal vez, emocionarnos, sentir.